Opinion

El 7 de agosto, la historia del niño héroe: Pedro Pascasio Martínez

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Por Luis Servando González Ayala*

Faltaban más de dos meses para que el niño Pedro Pascasio Martínez cumpliera sus doce años cuando Simón Bolívar con toda su  fama, poder  y ganas de derrotar al ejército español, llegaba a su pequeño y frio pueblo Belén en Boyacá, pueblito en el que el niño vivía con sus padres labradores de la tierra y al contagiarse del espíritu libertario de nuestro ejército se enlistó en sus filas, pero no como soldado, pues su inexperiencia, cuerpo y edad infantil no daba para este cargo, y se tuvo que resignar a participar en las tropas como cuidador de caballos.

A finales de aquel lluvioso julio de 1819 sale el ejército patriota de Belén, después de recuperarse de los enfermos y bajas tenidas en el fatídico paso por los páramos de Pisba y Paya y ese 25 de julio, se da la más grande batalla en el sitio denominado el Pantano de Vargas, batalla que se daba por perdida y que heroicamente fue ganada gracias a la intervención de los 14 valerosos lanceros del llano dirigidos por su comandante Juan José Rondón que a la voz de Bolívar: “Coronel salve usted la patria” arremetieron contra sus enemigos a tal punto que en cuestión de poco tiempo la batalla se inclinó a favor del ejercito patriota que antes por el número de bajas y heridos se había dado por perdida.

Terminada y ganada la batalla del pantano de Vargas, Bolívar y su ejército llegan a la ciudad de Tunja, y allí se reponen los heridos, se alimentan, se arreglan vestimentas y en diez días se alistan para salir hacia Bogotá y es así como el día 7 de agosto de 1819 habiendo partido y en un sitio cercano a Tunja en un puente de madera sobre el rio Teatinos se libra la batalla definitiva entre el ejército patriota y el ejército español.

La batalla dura poco, y a diferencia de la del pantano de Vargas hubo menos muertos y heridos, es decir fue relativamente más fácil de ganar, pero de mayor importancia pues el ejército español estaba diezmado, herido, sus soldados capturados como prisioneros de guerra, y sólo faltaba encontrar a su máximo comandante José María Barreiro para evitar un posible rearme de los españoles, y por mas buscarlo no lo habían encontrado, bueno, esa era la conclusión a la que Bolívar y Santander habían llegado, porque con lo que no habían contado era que aquel niño Pedro Pascasio Martínez al que poco más de un mes antes habían integrado en Belén a su ejército para que cuidara los caballos….si aquel niño, que aún sin cumplir los doce años, había sido testigo presencial de la batalla del pantano de Vargas, había sido fiel a su trabajo, había estado en Tunja viendo y quizás ayudando a curar heridos y había marchado hacia Bogotá y en la batalla de puente de Boyacá, ya no como cuidador de caballos sino como soldado, junto con su amigo el negro José, durante la batalla habían estado pendientes del comandante del ejército realista y vieron cuando este emprendió la fuga y le persiguieron hasta encontrarlo escondido bajo las cavernas de unas inmensas rocas y tras notificarle que estaba arrestado y pasaba a ser un prisionero más, Barreiro les hacía caer en la cuenta que él era un comandante de uno de los ejércitos más poderosos del mundo y ellos apenas unos pobres niños, hambrientos, zarrapastrosos, ellos sin ofenderse reiteraban sus palabras de arresto, a lo cual el comandante Barreiro optaba por ofrecerles las monedas de oro puro que cargaba consigo en el momento, hecho ante el cual el niño soldado se ofende y reitera que está arrestado, que no lo obligue a maltratarlo con su bayoneta y el comandante Barreiro accede y es llevado prisionero hasta donde se encuentra Bolívar.

Llegan los niños con su ilustre prisionero y en el ejército patriota estalla el júbilo al ver que era nada más y nada menos que el comandante Barreiro y que quien lo había hecho prisionero era el niño que cuidaba los caballos y que con esta captura se sellaba definitivamente la libertad de nuestra patria Colombiana.

Barreiro les hacía caer en la cuenta que él era un comandante de uno de los ejércitos más poderosos del mundo y ellos apenas unos pobres niños, hambrientos, zarrapastrosos, ellos sin ofenderse reiteraban sus palabras de arresto, a lo cual el comandante Barreiro optaba por ofrecerles las monedas de oro puro que cargaba consigo en el momento, hecho ante el cual el niño soldado Pedro Pascasio Martínez se ofende y reitera que está arrestado, que no lo obligue a maltratarlo con su bayoneta y el comandante Barreiro accede y es llevado prisionero hasta donde se encuentra Bolívar.

Esa misma tarde Bolívar asciende al niño al grado de sargento y le asigna una pensión de por vida de cien pesos. Al día siguiente parten hacia Bogotá y el niño viendo que ya nada queda por hacer, pues se han acabado las batallas y se han derrotado a los españoles se despide y se devuelve para Belén, su pueblo en donde se dedica a las nobles y muy pobres labores de carguero y leñador y muere ya viejo, sin honores, sin distinciones y pudiendo haber cobrado por una sola vez esa pensión por muchos años prometida…

Así son las historias de la gente de nuestros pueblos, historias grandiosas y poco reconocidas, historias ejemplares, pero un poco anónimas, historias de las gentes que han dado su aporte para construir la grandeza de nuestra patria y para que podamos así gritar con orgullo que viva nuestra tierra colombiana, que viva su historia y sus gentes y que viva esa divina libertad, aunque con sus aciertos y errores pero al fin y al cabo libertad.

* Luis Servando González Ayala – Rector del Instituto Técnico Ambiental de Yopal

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