Murió Otoniel Castañeda, ‘El Gran Llanerazo’: el hombre que convirtió su vida en una historia del Llano
Tenía 54 años y estaba a poco más de un mes de cumplir 55. Murió de manera intempestiva en Yopal. Fue un gran conversador, un hombre de ideas y emprendimientos, y un personaje que hizo de su propia manera de vivir una forma de defender la identidad llanera.

Hay personas que construyen un personaje y otras que terminan convirtiendo su propia vida en el personaje. Otoniel Castañeda Barrera fue de esos.
Durante años, en Casanare y más allá de sus fronteras, su nombre estuvo ligado a una manera particular de entender y mostrar el Llano. El sombrero, los pies descalzos, las historias, el café, las faenas, las expresiones propias de la sabana y, sobre todo, esa forma suya de conversar hicieron que muchos lo reconocieran simplemente como ‘El Gran Llanerazo’.
Pero detrás del personaje había un hombre mucho más amplio: un conversador incansable, un soñador, un emprendedor y alguien que parecía tener siempre un nuevo proyecto entre manos.
Otoniel murió este 2 de octubre de 2026, en su residencia en Yopal. De acuerdo con la información conocida inicialmente, habría sufrido una falla cardíaca letal. Las circunstancias y causa definitiva de su muerte corresponden a la verificación de las autoridades.
Tenía 54 años. Le faltaba poco más de un mes para cumplir 55.

“¿Cincuenta?… No. ‘Sin cuenta’”
Hay un texto que hoy adquiere un significado especial.
En noviembre de 2021, cuando Otoniel cumplió 50 años, su hijo mayor, Otoniel Castañeda Castro, le escribió un extenso mensaje de cumpleaños.
Lo describió como un hombre cuyo nombre “se escucha por todas partes”, orgulloso de su sombrero, de su gente, de su región, de sus tradiciones y de su país.
Pero hubo algo más. Su hijo habló del hombre que estaba detrás del personaje. Del padre que le había enseñado el significado de la palabra “solución”.
Del hombre al que escuchar era, según él, un privilegio porque siempre dejaba alguna enseñanza. Del contador de historias que conseguía arrancar sonrisas y risas con sus relatos.
Y del emprendedor que le había enseñado el valor de la constancia y la perseverancia. En aquel cumpleaños número 50, su hijo hizo un juego de palabras que hoy resulta inevitable volver a leer:
“¿CINCUENTA?… No… ‘SIN CUENTA’”.
Para él, la vida de su padre no podía medirse en un número. Y quizás tenía razón.
Porque Otoniel había conseguido convertir muchas cosas de su propia existencia en símbolos.
Hasta sus pies descalzos terminaron haciendo parte de la imagen con la que el público lo identificaba.
Un hombre que sabía contar historias
Quienes compartieron con Otoniel coinciden en algo: era un gran conversador.
Carlos Rojas Arenas, presidente ejecutivo de la Cámara de Comercio de Casanare, recuerda precisamente esa faceta: hablar con Otoniel era escuchar historias, anécdotas y relatos. La conversación con él resultaba agradable porque siempre tenía algo que contar.
Y tenía una particular habilidad para hacerlo. No necesitaba necesariamente una gran noticia para construir una historia.
Una faena del Llano, una fiesta, un caballo, un viaje, una experiencia de trabajo o cualquier episodio de su vida podía convertirse en una conversación larga.
Quizás por eso ‘El Gran Llanerazo’ terminó siendo mucho más que un nombre. Era una manera de contar el Llano desde alguien que lo vivía.
‘El Gran Llanerazo’ y los sueños que quiso convertir en empresa
Otoniel fue también un hombre de emprendimientos.
Uno de los más conocidos fue ‘Las Tres Topias’, una iniciativa que nació como un espacio para promover las tradiciones llaneras alrededor del café preparado en fogón de leña, el agua de panela y las historias de la región.
Él mismo lo concebía como un centro cultural para mostrarles a propios y visitantes otras expresiones de la cultura del Llano.
También estuvo detrás del proyecto ‘El Gran Llanerazo’, una propuesta que buscaba llevar a escenarios públicos las habilidades y conocimientos propios del trabajo de llano.
No quería limitar la cultura llanera al joropo, el arpa o el baile. Quería mostrar también el caballo, el ganado, el ordeño, la doma, el coleo, las faenas y los conocimientos que durante generaciones se transmitieron en las sabanas.
Era una constante en su vida: Tenía una idea y quería convertirla en realidad.
Algunas iniciativas prosperaron. Otras quedaron inconclusas. Y hubo nuevos caminos que fue explorando con el paso de los años.
Entre ellos estuvo también la política, una etapa diferente en su vida pública que se sumó a esa larga lista de búsquedas y proyectos.
Pero quizás nunca dejó completamente de ser aquel hombre que quería encontrar una manera de mostrarle al mundo lo que para él significaba ser llanero.
La fotografía que hoy parece una despedida

Hay una fotografía que ahora adquiere un significado especial. En ella aparecen Otoniel Castañeda y César Ortiz Zorro, hoy gobernador de Casanare, mucho antes de que este último llegara a ocupar ese cargo.
Los dos están metidos en el agua. Están haciendo boteo.
Cuando el caño estaba “de bordo a bordo”, tocaba envolver los macundales en un caucho, amarrarlos “al estilo tamal”, lanzarlos al agua y después meterse detrás para nadar y empujarlos hasta la otra orilla.
Y luego había que regresar por el caballo. Porque si al otro lado había una fiesta… Ni modos. Tocaba. La fotografía resume bastante bien al hombre que fue Otoniel.
No solamente hablaba del Llano. Había vivido muchas de sus faenas. Y quizás por eso podía hablar de ellas con tanta propiedad y convertir una anécdota en una historia.
Hoy, de los dos hombres que aparecen en aquella imagen, solo uno está vivo. El otro quedó convertido en recuerdo.
“Otoniel no solo vendía café, vendía identidad”
El concejal de Orocué Milton Javier Conde Rodríguez fue otra de las personas que lamentó públicamente su muerte.
Recordó al hombre del sombrero, la sonrisa, el orgullo de ser llanero “de pata al suelo” y esa particular forma de ser que hacía que una conversación con él nunca fuera simplemente una conversación.
Y dejó una frase que quizá resume una parte importante de su historia: Otoniel no solo vendía café. Vendía identidad.
Eso fue, en buena medida, lo que intentó hacer durante años. Convertir aquello que para otros podía parecer una simple costumbre campesina en una expresión de orgullo.
Mostrar que ser llanero podía ser también una marca, una empresa, un relato y una manera de presentarse ante el mundo.
El adiós a un personaje que todavía tenía historias por contar
La muerte de Otoniel Castañeda deja ahora una extraña sensación. Porque 54 años no parecen suficientes para cerrar una historia como esta.
Mucho menos cuando se trataba de un hombre que tenía tantos proyectos, tantas conversaciones y tantas historias por contar.
Su hijo, en aquel cumpleaños de 2021, escribió que Otoniel podía llevar tristeza por dentro, pero que en su rostro llevaba “alegría y esperanza”.
Cinco años después, esas palabras vuelven a aparecer. Porque al final, quizás eso fue también ‘El Gran Llanerazo’: un hombre que hizo de su propia vida una manera de decir que todavía se podía creer en los sueños, emprender, insistir y sentirse orgulloso de la tierra de donde se viene.











