Dos luchadores padres y una beca ganada a pulso: Así fue el camino que llevó a Brighet a ser ingeniera electrónica
La historia de Brighet, una joven que transformó su vida gracias a la disciplina, el apoyo familiar y un programa de becas que la acompañó más allá del financiamiento. Un relato que busca inspirar a otras mujeres casanareñas.

A los once años, Brighet vio por primera vez el horizonte del llano. Venía del verde cerrado de la montaña minera y del frío que hacía visible el aliento en las madrugadas boyacenses.
En Tauramena, en cambio, la luz parecía más amplia, el aire más cálido y el cielo más grande. Era un mundo nuevo que se abría delante suyo con la fuerza con la que los cambios verdaderos se imponen.
Los niños no entienden de decisiones migratorias ni de urgencias económicas. Solo registran que el paisaje cambia. Ese cambio —que para los adultos era supervivencia— sería años después el punto donde empezaría a girar el destino de la familia.
De Muzo al páramo, y del páramo al llano
Los padres de Brighet, Nubia Martínez Díaz y Dairon Josué Osorio, crecieron en Muzo, Boyacá, un territorio conocido mundialmente por sus esmeraldas.
Allí, la vida giraba alrededor de la idea del golpe de suerte: encontrar la piedra verde que resolviera todo. Pero su historia no estuvo marcada por la fortuna, sino por la necesidad constante de resistir.
Para alejarse de un entorno donde la violencia y la ausencia de ley se normalizaban, la familia se trasladó a Chiquinquirá, un municipio frío de Boyacá.
Dairon trabajaba donde hubiera oportunidad, pese a la movilidad reducida de su pierna izquierda, secuela de la poliomielitis que sufrió a los dos años. Nubia asumió oficios de todo tipo, incluyendo el servicio doméstico, mientras buscaba un modo de construir un futuro distinto para sus cinco hijos.
Cuando llegaron a Tauramena, Nubia tomó una decisión silenciosa: estudiar. Cada sábado madrugaba para tomar un bus rumbo a Yopal. Una hora de ida y otra de regreso, muchas veces sin almuerzo porque prefería reservar ese dinero para la comida de sus hijos.
Entraba al salón con el estómago vacío, pero con una convicción firme: la educación era la herramienta para romper los ciclos que habían marcado su vida.
Ese ejemplo —hecho de sacrificios, no de discursos— sería una de las primeras lecciones profundas que Brighet recibiría sin que nadie tuviera que explicársela.
Fue Dairon quien un día llamó para decir: “Empaquen. Vámonos para Tauramena. Aquí sí hay posibilidades”. No prometía riqueza, sino algo que para quienes viven al límite es más valioso: estabilidad.

Una adolescencia bajo vigilancia amorosa
En Tauramena, Brighet creció entre dos fuerzas: el deseo de abrirse camino y la protección de una madre que había visto demasiado.
La vigilancia estricta —los horarios, los acompañamientos, la supervisión constante— no venía de la arbitrariedad, sino de la memoria de una infancia marcada por la violencia hacia las niñas en el territorio minero.
“Si yo no las cuidaba, entonces ¿quién?”, dice hoy Nubia.
Nubia la recuerda como tímida, callada. Pero Brighet lo desmiente con serenidad: “Nunca fui tímida”.
Y tenía cómo demostrarlo. En el colegio fue presidenta del programa de Jueces de Paz y Convivencia, donde representaba a los estudiantes dentro y fuera del municipio, mediaba conflictos y tomaba decisiones que exigían carácter.
Esa diferencia entre cómo la percibía su mamá y cómo se veía ella misma no es una disputa, sino un retrato del tránsito entre la protección y la autonomía.

El salto que parecía imposible
Al terminar el colegio en la I.E. del Llano, apareció la posibilidad de postularse al Programa de Becas para Mujeres en Ciencias e Ingenierías, una iniciativa que Geopark tiene desde 2014 y que permite a las jovencitas de las comunidades vecinas acceder a la educación superior en campos donde las oportunidades han sido esquivas para ellas.
Para una familia que había cambiado tantas veces de territorio sin que mejorara significativamente su situación económica, la idea de estudiar una carrera en otra ciudad parecía lejana, casi ajena.
Pero aplicaron y cuando llegó la noticia de aprobación, lloraron de felicidad. Era la primera vez que una institución abría una puerta que solos no podrían haber abierto.
Brighet debía irse. Había distancia, incertidumbre y preguntas sin respuesta: ¿sería suficiente el dinero?, ¿aguantaría la soledad?, ¿podría sostener el ritmo académico? Aun así, empacó y se fue.
A veces, los grandes destinos comienzan con actos que parecen pequeños: una maleta, un abrazo en la puerta.
Brighet hace parte de nuestro Programa de Becas para Mujeres en Ciencias e Ingenierías, una iniciativa que desde 2014 permite que jóvenes de nuestras comunidades vecinas accedan a educación superior en campos donde históricamente las mujeres han tenido menos oportunidades.


Universidad: construir un camino propio
Ya instalada en la universidad de Los Andes -una de las más prestigiosas del país, pero también la más exigente en desempeño académico-, Brighet se dedicó a vivirla de verdad.
Debió retornar al frío envolvente, de su niñez, esta vez en la falda del cerro de Monserrate en Bogotá, sitio de ubicación del claustro.
No era una estudiante de tránsito en la facultad de Ingeniería Electrónica. Era de las que buscan, preguntan, se inscriben, participan.
Llegó a ser presidenta de la brigada universitaria de primeros auxilios, donde aprendió protocolos, coordinación y liderazgo en situaciones reales.
Se integró al semillero BioMicroSystems, donde se encontraban la ingeniería electrónica y la biomedicina; participó en la Sociedad de Sistemas de Control y formó parte del proyecto Candelaria para el desarrollo de un carro solar.
Ese conjunto de experiencias no solo amplió su formación: la convirtió en una joven capaz de sostener procesos, trabajar en equipo y asumir responsabilidades técnicas de alto nivel.
A la par, practicó taekwondo, boxeo y fútbol de salón. No porque buscara llenar su agenda, sino porque el movimiento la ayudaba a sostener la mente activa, enfocada y lejos del vértigo emocional de ser la primera de su familia en recorrer ese camino.



Una beca que no soltó la mano
Para Nubia y Dairon, el seguimiento de su hija no se medía solo en notas. Temían por su bienestar emocional, sabiendo que una crisis silenciosa podía derrumbar incluso los mejores promedios.
Allí, la beca comenzó a revelar su verdadera dimensión: llamadas constantes, orientación académica, apoyo en trámites y presencia humana de quienes tienen a cargo la coordinación del programa de GeoPark.
En plena pandemia, cuando todo se volvió incierto, el acompañamiento no solo se mantuvo: hasta un mercado llegó hasta su casa en Tauramena. Para algunas familias, ese gesto puede parecer mínimo; para ellos fue enorme. “Esa responsabilidad social se volvió una amistad, un calor de amigos”, resume Nubia.
La madre lo expresa con una mezcla de gratitud y claridad: “Uno a veces cree que las empresas no ven a la gente, pero GeoPark sí estuvo pendiente. No solo de la beca, sino de mi hija como persona. Nosotros no olvidamos eso. Como familia, damos gracias porque acompañaron su camino cuando más lo necesitaba”.

Graduación: cuando el destino finalmente se abre
El día de la graduación, todas las escenas de su historia parecieron alinearse: el viento frío del páramo, el calor del llano, la bicicleta de Nubia vigilando cada trayecto, los cuadernos que llevaba su madre a Yopal con hambre y determinación, los semilleros, los deportes, las noches de estudio.
Dairon cerró los ojos antes de hablar, como si necesitara silencio para sostener la frase: “Ha sido una felicidad increíble… cuando no se tiene nada y se consigue algo, se disfruta al máximo”.
Nubia, desde su fe, completó el sentido de la escena: “De la mano de Dios, los sueños de nuestros hijos siempre serán cumplidos”.

Para las que vienen detrás
La historia de Brighet no es perfecta. Nació en la pobreza, se formó en la incertidumbre y creció en la crudeza de las decisiones que se toman sin garantías plenas.
Pero por eso mismo inspira. Porque demuestra que el origen no determina el destino, que las oportunidades sirven cuando se sueñan y trabajan, y que las mujeres del territorio pueden construir caminos que antes parecían reservados para otros.
Para las niñas que hoy llegan al llano sin entender aún el significado de sus mudanzas, para las jóvenes que nacen en la llanura pero dudan de sus posibilidades o sienten que el futuro se reduce a lo que está frente a ellas, la historia de Brighet es una señal clara: los destinos pueden abrirse.
A veces basta una oportunidad bien acompañada, una decisión valiente y un sueño sostenido con disciplina para que lo que parecía imposible empiece a volverse real.
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