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“Hoy no cuido tierra ajena”: Teresa recibe su parcela en San Carlos de Guaroa, donde la guerra marcó a fuego el territorio

Campesinos que resistieron una década ven renacer sus sueños con la adjudicación de tierras por parte de la Agencia Nacional de Tierras. La esperanza florece donde antes hubo masacres.

A Teresa no se le aguaron los ojos el día que le entregaron su parcela. Pero eso no significa que no se le haya estremecido el alma.

“La tierra es mía. Esto es muy grande. Y aunque no lloré ese día, créanme, es muy gratificante”, dice con voz serena, parada sobre su lote de tres hectáreas en el predio Mi Viejo San Juan, donde hoy cultiva pescado junto a otras 70 familias. Su orgullo se le nota cuando dice: “No estoy cuidando tierra ajena, sino lo mío. Propio.”

Este territorio, que lleva el nombre nostálgico de una canción caribeña, fue durante años símbolo de abandono y miedo. Hoy, gracias a la estrategia Misión Meta de la Agencia Nacional de Tierras, se ha convertido en símbolo de dignidad y reparación. El pasado reciente, sin embargo, pesa.

 

 Una tierra que conoció la violencia

San Carlos de Guaroa no es cualquier municipio. El 3 de octubre de 1997, una comisión judicial fue emboscada por más de 70 paramilitares de ‘Los Buitragueños’, tras una operación contra el narcotráfico. Once funcionarios fueron asesinados a sangre fría. Soldados, fiscales y agentes del DAS murieron en Lomitas, en medio de ráfagas de fusil y tiros de gracia.

Cuatro años después, el 28 de julio de 2001, la violencia volvió con otro golpe: paramilitares asesinaron al alcalde Orlando Vargas, a su escolta, al gerente de la empresa de servicios públicos y a su hijo, un niño de dos años y medio, en plena vereda Surimena. Ese día San Carlos se quedó sin aliento.

La guerra despojó, la ilegalidad negó derechos, y muchas familias campesinas quedaron sin tierra y sin futuro.

 

“Antes nos cerraban las puertas”

“Antes, donde íbamos a las entidades a pedir créditos o ayudas, nos cerraban las puertas porque éramos ilegales”, recuerda Teresa. Y no se refiere a delitos, sino a la ausencia de papeles, títulos y reconocimiento.

Por años, ella y decenas de familias lucharon por permanecer en la tierra, cultivar, criar animales y soñar sin ser desalojados. Hoy, gracias a la adjudicación de 295 hectáreas por parte de la Agencia Nacional de Tierras, ese sueño ya tiene escritura.

El director de la entidad, Felipe Harman, entregó oficialmente los títulos del predio Mi Viejo San Juan. Para Teresa y sus compañeros parceleros, no fue solo un acto protocolario: fue el fin de una espera de diez años y el comienzo de una vida nueva.

Una victoria para las manos campesinas… y para las mujeres

Teresa, como muchas otras, vivió el peso de una cultura que negaba a las mujeres el derecho a heredar o poseer tierra. Hoy, su voz es firme:

“Siempre fuimos discriminadas. Hoy en día poder decir: esto es mío, eso es un orgullo y una bendición.”

En su parcela, junto a los demás adjudicatarios, han producido más de 1.500 toneladas de pescado, en un esfuerzo colectivo que no solo alimenta sino también dignifica.

 

Donde hubo miedo, florece esperanza

El predio Mi Viejo San Juan es más que una finca dividida en lotes: es una muestra de que la reforma agraria puede cambiar realidades concretas, incluso en lugares marcados por la guerra. Lo que antes fue territorio de paramilitares, cocaína y muerte, hoy es territorio de mujeres, proyectos productivos y justicia campesina.

La historia de Teresa no es la única, pero sí representa muchas. Y como ella misma dice, “esto es mío. Y eso lo cambia todo.”

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