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En Mapiripán, donde antes hubo despojo, hoy florece la esperanza: Gobierno mide más de 3.000 hectáreas para familias campesinas

En un municipio marcado por el abandono y la violencia, la Agencia Nacional de Tierras avanza en el proceso de recuperación del campo con acciones concretas

En un territorio donde el silencio de la selva fue testigo de masacres, desplazamientos y abandono estatal, hoy se escucha otro tipo de voces: las de campesinos y campesinas que vuelven a soñar con la tierra.

El municipio de Mapiripán, Meta, símbolo del conflicto armado y del despojo agrario, empieza a escribir una nueva página en su historia. La Agencia Nacional de Tierras (ANT) llegó con una respuesta concreta: más de 3.000 hectáreas fueron medidas para destinarlas a familias campesinas que llevan décadas esperando una oportunidad para cultivar en paz.

 

Del horror a la dignidad: una deuda histórica con Mapiripán

Mapiripán no es un nombre cualquiera. En 1997, fue escenario de una de las masacres más recordadas del conflicto armado, cuando paramilitares del bloque Centauros asesinaron brutalmente a decenas de personas con el consentimiento y omisión de la fuerza pública.

Años después, el municipio volvió a ser golpeado por el abandono, el despojo de tierras, la presencia de actores armados ilegales y la falta de institucionalidad.

Muchos campesinos, desplazados por la guerra o despojados por el miedo, quedaron sin títulos, sin tierras y sin respaldo. Hoy, esa historia comienza a cambiar.

 

La tierra como punto de partida

Con la medición de más de 3.000 hectáreas, el Gobierno Nacional, a través de la ANT, busca garantizar el acceso real a la tierra para las comunidades rurales, como parte de su estrategia de reforma agraria y justicia territorial.

Este proceso no es solo técnico: representa la posibilidad de regresar, de producir, de habitar con dignidad. Significa que las familias campesinas de Mapiripán no serán olvidadas, y que el Estado puede —y debe— reparar con hechos concretos.

 

 Tierra para quienes la trabajan

El anuncio de estas acciones ha sido recibido con esperanza entre líderes rurales, organizaciones sociales y comunidades que por años han sostenido el campo pese a la adversidad. Porque la paz no solo se firma, también se siembra.

La medición de tierras es apenas el comienzo. Lo que sigue es la adjudicación, el acompañamiento técnico y la inversión pública. Pero en una tierra donde por años todo fue incertidumbre, medir y reconocer ya es un acto de reparación.

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