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Don Ramón y la victoria campesina: siete décadas para que el Estado reconociera su tierra

Hay historias que no solo conmueven: nos recuerdan por qué la tierra es vida, arraigo y dignidad. La historia de Don Ramón es una de ellas.

Durante setenta años, este hombre trabajó la finca donde nació, sembró y crió a su familia. Nunca tuvo papeles. Nunca tuvo certeza. Lo único que tuvo fue la esperanza testaruda de quienes aman su territorio aunque no sea oficialmente suyo.

“Yo pensé que me iba a morir sin ver estos papeles… le pedí a Dios que me dejara vivir para recibirlos”, dice mientras sostiene con manos curtidas el título de propiedad que la Agencia Nacional de Tierras finalmente le entregó.

Hoy, a sus 70 años, Don Ramón —un campesino de Orocué, Casanare— se convirtió por fin en dueño legal de su tierra, después de que su expediente permaneciera estancado durante décadas en los archivos del extinto Incoder.

El predio, 91 hectáreas de historia familiar, lucha y esperanza, fue adjudicado tras un proceso técnico y jurídico que le devolvió a Don Ramón algo más que un documento: le devolvió dignidad.

“Ahora sí puedo morir tranquilo, porque tengo los títulos de la tierra que me vio nacer, me vio trabajar y ahora, por fin, me ve descansar en paz”, dice con emoción.


Acceder a la tierra no es un trámite: es una oportunidad de vida

El caso de Don Ramón no es solo un logro individual. Es un recordatorio de lo que puede cambiar cuando la Reforma Agraria avanza en serio:

  • Una tierra con papeles permite producir sin miedo.
  • Permite heredar estabilidad a los hijos.
  • Permite acceder a créditos, programas y apoyos del Estado.
  • Permite descansar, sabiendo que el esfuerzo de toda una vida vale la pena.

Porque no se trata de una finca. Se trata de tener un lugar en el mundo.
De saber que el Estado reconoce la vida campesina, su trabajo y su historia.


Casanare: un territorio donde prima la desigualdad

El caso de Don Ramón también revela el tamaño del reto en Casanare. Según la UPRA, el departamento tiene 4,4 millones de hectáreas, de las cuales más del 51% presenta informalidad en la propiedad rural.

Esto no es un dato frío:
Son familias enteras sin títulos.
Campesinos que heredan trabajo, pero no heredan propiedad.
Comunidades que producen, pero no pueden demostrar que la tierra es suya.

Durante décadas, miles de campesinos labraron el campo sin que el Estado garantizara títulos ni acompañamiento. Hoy, estos procesos empiezan a destrabarse.


Un futuro donde la tierra vuelva a manos campesinas

En Casanare, más de 3.000 campesinos ya solicitaron la formalización de sus predios, con la esperanza de lograr lo mismo que Don Ramón: poder decir con orgullo “esta tierra es mía”.

Los esfuerzos institucionales buscan que más familias reciban lo que históricamente les fue negado: seguridad jurídica, tranquilidad y un pedazo de tierra para vivir y producir en paz.

La historia de Don Ramón es, entonces, mucho más que un título entregado: es una promesa cumplida, una deuda histórica saldada y un mensaje claro para el país: cuando la tierra llega a manos campesinas, florecen las vidas, florecen las familias y florece el territorio.

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