Harold Sierra intentó huir, pero la horda lo sometió y golpeó sin misericordia ante la mirada indiferente de muchos transeúntes en Yopal
En Yopal y en Bogotá, dos muertes recientes revelan algo más profundo que la violencia: la pérdida de empatía colectiva. ¿Qué nos está pasando como sociedad?
La madrugada del domingo 2 de noviembre, día de los muertos, en la carrera 29 con calle 20, a las afueras de un concurrido centro comercial de Yopal, el comerciante Harold Sierra Peñate, propietario del negocio de comidas Costa Azul, fue brutalmente atacado por un grupo de jóvenes hasta perder la vida.
Las imágenes que circularon horas después estremecieron a Yopal y Casanare: decenas de personas observando sin intervenir, algunas grabando con sus celulares, otras gritando, pero nadie intentando frenar la agresión o llamar a las autoridades. Incluso un vigilante armado, encargado de garantizar la seguridad del lugar, permaneció inmóvil ante la tragedia.
Por no aceptar comprar drogas y reprender a los ofertantes lo mataron
Según familiares de Sierra Peñate, el comienzo del fin comenzó cuando al salir del establecimiento Plaza Juárez, unos jóvenes le ofrecieron a él y a su familia, drogas. Él rechazó de plano la oferta y los cuestionó.
A partir de ese momento se exacerbaron los ánimos y en cuestión de instantes se pasó a la agresión física.
A pesar de que Sierra intentó huir en varias oportunidades de los iracundos hombres, estos lo persiguieron y lograron reducirlo y golpearlo intensamente con puños y patadas en diversas partes de su cuerpo.
Aunque el comerciante iba acompañado de su pareja y otras mujeres, y ellas intentaron frenar la golpiza, no fue posible evitar la salvaje agresión.
El hecho no solo duele por la violencia desbordada, sino por la indiferencia colectiva que lo rodeó.
Lo mismo ocurrió apenas un día antes en Bogotá, donde un estudiante de la Universidad de Los Andes, de apenas 20 años fue golpeado hasta morir en una riña callejera en Chapinero. Al parecer habrían participado otro estudiante de esa institución.
Dos hechos separados por kilómetros, pero unidos por una misma raíz: la intolerancia y la apatía social.
Un espejo desde la psicología social
Especialistas en psicología social explican que estos casos reflejan el llamado “efecto espectador”, fenómeno en el que, ante una emergencia, la presencia de muchas personas reduce la probabilidad de que alguien actúe.
Todos suponen que “otro lo hará”.
Además, la exposición constante a videos violentos en redes sociales genera desensibilización emocional: el sufrimiento ajeno se convierte en un espectáculo más.
El miedo a ser agredido, la falta de entrenamiento ciudadano y la búsqueda de reconocimiento digital (“ser el que grabó el video”) terminan desplazando el impulso básico de ayudar.
Una sociedad que se desconecta del otro
Desde la sociología, este tipo de sucesos revelan fracturas profundas del tejido social.
Colombia vive una larga historia de violencia que ha naturalizado la agresión como respuesta al conflicto.
El crecimiento urbano acelerado y la cultura digital han debilitado los lazos de comunidad, mientras que el escepticismo frente a las instituciones desalienta la colaboración ciudadana.
“Ya no hay vecindad, ni confianza, ni sentido de corresponsabilidad. Cada quien va por su cuenta”, explican analistas sociales.
Y ese aislamiento emocional, amplificado por la cultura del espectáculo, nos hace espectadores pasivos del horror.
️ La mirada de la seguridad ciudadana
Desde el enfoque de seguridad, los expertos coinciden en que los ataques de este tipo son hechos de intolerancia urbana, potenciados por el consumo de alcohol y la falta de control en zonas de rumba.
Los agresores suelen ser jóvenes que actúan bajo impulso, buscando demostrar poder o reconocimiento dentro del grupo.
El caso de Yopal expone además vacíos en los protocolos de respuesta: falta de patrullaje preventivo, coordinación débil entre la Policía y la seguridad privada, y ausencia de cultura de denuncia inmediata.
Qué hacer si presenciamos un hecho similar
- Llamar de inmediato al 123 o línea de emergencia, describiendo la ubicación y el número de agresores.
- No intervenir físicamente si hay riesgo vital, pero sí gritar pidiendo ayuda y designar a alguien específico para que actúe (“¡usted, llame a la Policía!”).
- Usar el celular para auxiliar, no para grabar.
- Alertar a vigilantes o personal de seguridad y mantenerse en comunicación con las autoridades.
- Si se puede hacerlo sin riesgo, dar primeros auxilios o acompañar a la víctima.
- No difundir los videos, entregarlos solo a las autoridades competentes.
Recuperar la empatía
El asesinato de Harold Sierra y del joven universitario en Bogotá no son hechos aislados. Son síntomas de algo más grave: una anestesia moral colectiva.
Cada vez que decidimos grabar en lugar de ayudar, o callar en lugar de intervenir, renunciamos a nuestra condición más esencial: la de ser humanos.
Yopal está de luto, no solo por una vida que se apagó injustamente, sino por el espejo que este hecho nos pone enfrente: uno donde nos vemos indiferentes, paralizados, desconectados.
La tarea ahora es reconstruir ese puente entre nosotros: volver a sentir el dolor ajeno como propio.
Porque la indiferencia también mata.
Y el silencio, en tiempos de barbarie, nunca será neutral.











